San Pedro de Atacama
Por contra, bastan poco más de tres horas para recorrer la distancia que media entre las playas bañadas por las frías aguas del Pacífico y la formidable pared andina al este. El hecho de que Chile cubra un arco de latitud tan amplio hace que el viajero pueda optar por una gran variedad de ecosistemas y paisajes. El sur patagónico ofrece sus famosos fiordos, azulados glaciares y moles graníticas. Algo más al norte, la Carretera Austral atraviesa espesos bosques húmedos enhebrados por bravas corrientes que desembocan en lagos alpinos rodeados de cumbres nubosas.
A medida que los kilómetros desaparecen bajo nuestras ruedas y la latitud disminuye, la temperatura se dulcifica y el paisaje se somete al dictado del hombre. Viñedos, cultivos, entorno mediterráneo, sol vigoroso, luz festiva... Pero si sobrepasamos Santiago y Valparaíso para encarar las largas horas de carretera que nos llevarán al extremo norte, apreciaremos cómo el paisaje vuelve a endurecerse, esta vez en sentido opuesto a las regiones meridionales del país. La fría luz de la Patagonia se transforma aquí en un resplandor enceguecedor, los lagos y glaciares son sustituidos por amplias extensiones yermas para las que el agua es un recuerdo lejano, geográfica y temporalmente. En la anodina población de Antofagasta tomamos un autobús de línea en dirección este, hacia el desierto de Atacama. Desde las ventanillas contemplábamos el entorno ya claramente desértico, con amplias extensiones de una nada amarillenta que se extendía kilómetros y kilómetros sin más interrupción que colinas y dunas. A medida que nos acercamos a Calama, a ambos lados de la carretera, se alinean los restos de las salitreras y los pueblos fantasma de los que nos habían hablado en Antofagasta. Algunos de ellos han conseguido sobrevivir a la marea de los tiempos gracias a los nuevos métodos de procesamiento. El abaratamiento de costes y el uso de nueva tecnología permiten que la explotación de minerales de baja calidad sea un negocio económicamente provechoso. Resulta paradójico que esta región árida y hostil haya proporcionado la base de muchas de las grandes fortunas del país. Los nitratos y el cobre que se han extraído aquí desde el siglo XIX han dirigido, en cierto modo, la política económica, fiscal y hasta social de Chile tal es la dependencia de su economía de estas materias primas. El dinero que las compañías mineras aportaban a los presupuestos públicos las convertían en agentes influyentes a los que convenía mantener contentos. En su momento, el cobre sustituyó al nitrato en la economía regional y nacional. El mayor yacimiento de cobre del mundo se encuentra en Chuquicamata, cerca de Calama.
Sus inagotables reservas han convertido a Chile en el mayor productor del mundo de este metal. Al principio, la extracción se hacía con capital extranjero, utilizando técnicas a cielo abierto desarrolladas en el oeste de EEUU. Esta mina produce el 43% del total de cobre extraído en el mundo, lo que supone el 17% de los ingresos anuales por exportaciones. En el cómputo global, casi el 40% de las transacciones chilenas corresponden al cobre. Estas cifras pueden resultar engañosas. El cobre es fuente de riqueza, pero también de debilidad. A la economía nacional le urge abordar una diversificación que le desligue de su dependencia a un producto sujeto a los inciertos vaivenes internacionales. Precisamente en Calama nos detenemos durante media hora y aunque no tenemos suficiente tiempo para visitarla en profundidad, lo que vemos no parece prometedor. El colosal agujero del que brota el mineral mide 4,3 km de longitud, 3 km de ancho y 850 m de profundidad y es la fuente de una permanente nube de polvo en suspensión que permite localizar el pueblo a distancia. Por las pistas de grava, gigantescos camiones diésel transportando cada uno entre 170 y 330 toneladas sobre ruedas de más de 3 m de altura dejan atrás una cortina de polvo.
Fuente:http://www.viamedius.com