Bolivia - la fiesta del Gran Poder
La idea de la fiesta no tiene mayores complejidades. Al igual que en el
Carnaval de Río, las asociaciones de danzantes y músicos de la ciudad son
convocadas para participar en un desfile que dura todo un día, y que parte de
los barrios altos de la ciudad para terminar en su centro, 600 metros más abajo.
Los albores de esta fiesta en la que los diablos son los protagonistas los
hallamos en las localidades de Oruro en
Bolivia y Puno en Perú, en las que desde hace siglos el punto
culminante de las fiestas locales es el desfile de centenares o incluso de miles
de diablos, personajes barrocos, de colores brillantes y rostros horribles, pero
de una fealdad propia de una caricatura, capaz de despertar simpatía antes que
temor.
Según la leyenda, estos diablos fueron creados por los indígenas que, explotados severamente por los conquistadores en sus minas, y ya convertidos a la religión católica, comprendieron pronto que el diablo era la criatura más horrorosa del nuevo panteón y lo utilizaron como pretexto para no descender más a las vetas. Para lograr esto, se provocaban impresionantes heridas en el interior de los túneles para hacer creer a sus capataces que, de tanto cavar, habían llegado hasta las puertas mismas del infierno y que, ya allí, se habían encontrado con el diablo, de quien apenas si habían podido escapar.
La historia no es clara acerca de si los indígenas lograban abandonar las minas con este truco, pero lo cierto es que la estrategia debió haber perturbado lo suficiente a los españoles como para que quedara grabada en la memoria popular de los vencidos, que luego la reciclaron en su folklore mestizo de la manera en que hoy la vemos, como una mascarada que sirve para burlarse del invasor diabólico.
Esa es la forma en que los diablos lograron incorporarse al universo cultural boliviano, pero lo cierto es que esta explicación histórica pasa a un segundo plano en cuanto inicia la gigantesca diablada, arrastrando todo en su torbellino de música y baile.
A segundo plano pasa también el carácter religioso de la fiesta, que a pesar de hacer referencia con su nombre al gran poder divino es, ante todo, una manifestación civil, una fiesta pagana en la que el pueblo boliviano despliega por las calles de su capital económica un caleidoscopio abigarrado de colores y formas, heredero del barroco, un estilo que tras la Conquista marcó fuertemente las expresiones culturales de este continente, y cuya influencia pasó del arte sacro a la cultura popular, como puede apreciarse en los disfraces de estos diablos, que pueden llegar a pesar hasta 50 kilos.
Esto explica por qué de cuando en cuando, el calor hace que el caminar titubeante del terrible Lucifer recuerde, más bien a un corpulento asmático. Pero cuando eso sucede, el personaje se acerca al público donde nunca falta una mano caritativa que ofrece al infortunado Satán un poco de cerveza bien fría, que lo regresa con nuevos bríos a la calle, o al menos con las fuerzas necesarias para caminar un tramo más y volverse a detener para refrescar su garganta.
Fuente:http://www.eviajado.com