España - el pueblo Cercedilla
Amanecía en Madrid y ese
cosquilleo en el estómago de una mañana de domingo nos pedía algo. Quizás una
pequeña aventura. Agarramos el coche sin rumbo fijo hacia la Sierra Oeste
de la capital de España. Apenas en cuarenta minutos algo nos dijo que debíamos
parar: cientos de montañeros, senderistas, excursiones, niños revoloteando… un
paisaje estremecedor. Preparamos nuestra Camelback, un calzado de campo, unos
prismáticos y nuestra ya inseparable cámara de fotos. Por delante un paisaje
soleado, un recuerdo, siete picos y un mapa plagado de fuentes naturales, verdes
praderas y sendas caprichosas. Comenzamos.
Decidimos antes de mover los
pies realizar una ruta trazada sobre el mapa, y como en los mejores viajes, no
cumplimos nuestras propias premisas, nos dejamos llevar por los sentidos, esos
que casi nunca se equivocan, y si lo hacen, no se equivocan casi nunca.
Comenzamos a andar, o mejor a ascender a través de la calzada romana que lleva a
Santiago de Compostela –estamos a unos 600 kilómetros de la ciudad de los
peregrinos. Este camino lo dejamos para otro día-, para luego desviarnos por un
sendero pedregoso bajo el nombre de Camino Schmid. Una subida dura, muy
dura. En apenas un kilómetro nos enfrentamos a un desnivel de unos 500 metros.
Llegamos con el corazón en la mano, las piernas del color de la piedra, la nariz
helada, pero con la ilusión del premio que estaba por llegar. Si hay algo
impresionante en una ascensión es parar en su cima, respirar hondo y girarse a
contemplar orgullosos el camino que hemos dejado atrás, recorrer nuestras
propias huellas y sonreir, siempre sonreir. A partir de aquí todo fueron fotos y
más fotos. La bienvenida nos la dieron miles de pinos haciendo reverencia,
acebos, encinas, castaños y un sinfín de rocas que posaban coquetas a nuestro
paso. Las fuentes y manantiales nos invitaron a un formidable día de cata… Una
vez arriba recorrimos las bases de sus siete picos. En total, unos quince
kilómetros de ruta entre caminos, veredas, senderos y placas de hielo. Miradores
extraordinarios y frases talladas en la piedra para aderezar con un poco de
fantasía nuestras miradas. Cerca de la pradera de Fuenfría un singular
reloj de piedra –éste fue construido en homenaje a Francisco José Cela, premio
Nobel de literatura- nos devolvió a la realidad. El tiempo había pasado y
debíamos descender. La oscuridad es caprichosa por estos lares. Cuando llegamos
abajo volvimos a mirar. Volvimos a recorrer con nuestras miradas la belleza que
habíamos rozado con nuestras propias manos. Satisfechos pensamos, esto hay que
contarlo, y así lo hacemos…
Fuente:http://www.cuentatuviaje.net