Gruta Azul - la isla de Capri
 

En un principio cautivó a los griegos y luego a los emperadores romanos que deseaban alejarse de los trajines de la capital. Allí estableció un palacio de recreo el emperador César Augusto y luego Tiberio fundó una villa donde plantó hermosos jardines que todavía florecen y se pueden visitar en el Parque de Augusto. Este es uno de los puntos altos de Capri con estatuas mitológicas entre una frondosa vegetación y callejuelas que conducen a diferentes miradores ofreciendo una espléndida vista del lado sur de la isla.

Pero no sólo los personajes omnipotentes del pasado fueron impactados por este bello lugar sino también destacados personajes contemporáneos entre los que destacan los pintores, escritores y escultores, amén de las figuras más prominentes del jet set internacional y de los tantos bohemios que andan regados por el mundo. Por Capri, han desfilado desde Maquiavelo hasta Liz Taylor, pasando por la bomba sexy de los sesentas Brigitte Bardot o la pomposa Carolina de Mónaco. Pero el movimiento y el avance de Capri es sin duda obra del turismo que convoca la isla en la forma de decenas de miles de veraneantes.

Una de las zonas más animadas es Marina Grande, puerto con numerosos cafés al aire libre, concurridas plazas, y el enjambre de tiendas de recuerdos, donde claramente predominan las figuras negras practicadas en piedra de lava de volcán, y no de cualquier volcán, sino del mismo Vesubio, vecino de costa italiana. En este litoral, los turistas se mezclan con pescadores y montañeses en un ambiente disipado donde el olor a pan, a café y a mar, invita al profundo relax. Una vista muy particular es la de las casitas blancas con techos de tejas rojas que se apilan una tras otra a lo largo de la costa y ascendiendo por las dos montañas que dividen la isla en dos distritos. Capri y Anacapri. Una rivalidad sutil asiste a estos dos distritos desde tiempos remotos. La subida por una escarpada carretera hacia el centro de Capri es bien merecida ya que la panorámica no abandona nunca al turista. En el centro está la iglesia barroca de San Esteban que parece resguardar la plazoleta Umberto I, punto obligado de reunión social para disfrutar de un capuchino o de un helado. Es sabio pasar un buen rato aquí ya que eso nos permitirá no perder los papeles en el shopping ya que las prendas de Armani, Versace y compañía nos guiñan el ojo desde cualquier tienda.También es sabio, aventurarse a explorar los rincones de Capri y Anacapri. Arcos, bóvedas y puentes naturales han surgido de los acantilados, como la gruta de Matromania que los antiguos romanos utilizaron como sede para el culto a la diosa Cibeles. Varias ruinas son testigos del paso de los griegos y romanos por la isla, pero en el extremo oriental, en el vértice de la montaña, se encuentran las mayores y mejor conservadas. Conocidas como la Villa Jovis, en ella moraron antiguos griegos y luego fue la quinta donde Tiberio vivió su última década de vida en la isla. Junto a la entrada está “el salto de Tiberio”, un precipicio que, cuenta la leyenda, el emperador utilizaba para arrojar a sus víctimas. También se encuentra la mansión del escritor sueco Axel Munthe, construcción que casi parece suspendida en el aire, en la cima de una montaña rocosa, que sirve de santuario a la vegetación y a las aves exóticas.
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