Estados Unidos - Las Vegas
El panorama era absolutamente maravilloso, estremecedor, apabullante… En un día despejado como aquel, la vista alcanzaba los 350 km. Era una enorme grieta, una cicatriz sin fondo cuyas dimensiones parecían incluso difíciles de conseguir para la Naturaleza. Si se intentara realizar una clasificación hipotética de los monumentos más complejos de la Naturaleza, el primer lugar lo ocuparía sin duda el Gran Cañón del Colorado. El Colorado, uno de los grandes ríos del oeste americano, ha ido excavando su lecho durante millones de años y a lo largo de un recorrido de 2.250 kilómetros, proyectándose cada vez más en el territorio que ha contribuido a formar.
Quien siga el curso del río en el interior del Gran Cañón y a lo largo de los 446 km de éste, descubre uno de los paisajes más fantásticos del continente: un maravilloso laberinto elaborado por las aguas al erosionar las rocas sedimentarias, en una evolución geológica que ha durado milenios y que constituye un registro cronológico de la historia de la Tierra casi desde el principio de los tiempos. Por lo tanto, no debe sorprender que los indios, pueblo que siempre se ha mostrado muy sensible a la atracción de los grandes espacios y que fueron los primeros seres humanos que descubrieron, hace varios miles de años, estos cañones, se sintieran atraídos por estas tierras, que las consideraran pronto como cosa suya, que incluso las mitificaran después… En cambio, para los primeros españoles que hasta aquí llegaron no constituyeron una vivencia muy agradable El sobrecogedor panorama que se abría a nuestros pies no debía ser muy diferente del que contempló Lope de Cárdenas en 1540 al mando de un destacamento español. Cárdenas era lugarteniente de Francisco Vázquez de Coronado, comandante de una de las numerosas expediciones que Antonio de Mendoza, virrey de Nueva España (el vasto territorio que se extendía entre Panamá y el norte de México), envió por aquellos años en busca de las míticas siete ciudades de Cíbola y de su fabuloso tesoro. Precisamente en el curso del citado año 1540, Coronado ocupó Hawikuh, modesto poblado habitado por los indios zuni, donde pudo comprobar, con desencanto, que sólo fango y piedras había, en lugar de aquellas fabulosas y pretendidas riquezas que unos falaces exploradores, que fueron enviados como avanzadilla, aseguraron que allí se encontraban.
La documentación existente indica una total falta de sensibilidad hacia lo que estaban viendo aquellos primeros europeos, acentuada por una brutalidad que sorprende incluso en nuestros días. Al leer a los cronistas de la expedición uno se encuentra con detalles que poseen mayor interés para un contable que para alguien que desee viajar sin moverse del sillón: “había agua en tal sitio, pero no la había en tal otro; había cultivos en tal sitio, pero no había ninguno en tal otro; había casas que tenían aspecto de pertenecer a gente rica o casas que tenían aspecto de pertenecer a gente pobre; había pájaros; había minerales que podían extraerse…”, pero no existe el menor rastro de curiosidad, introspección o incluso asombro Quizá fue por ello por lo que Cárdenas, al llegar al borde del Cañón, en lugar de contemplar el majestuoso espectáculo que se extendía ante sus ojos se preocupó tan sólo de la manera de poder atravesar aquel inmenso abismo (por el momento llamado “cañón” tan solo, puesto que Gran Cañón –o Canyon en la nomenclatura anglosajona, se adoptó oficialmente a finales del siglo XIX) y poder proseguir la marcha en busca del oro y tranquilizar así a Coronado.
Fuente:http://www.viamedius.com