Llegamos a Munich
Sus súbditos lo veneraban como a su rey de cuento de hadas, pero la historia lo ridiculiza como Luis II, el Rey Loco. Adentrarse en los salones de este castillo es acercarse a un alma acariciada por la locura o la trágica genialidad. Desde su construcción ha sido despreciado y elogiado, declarado una obra antiestética o candidato a maravilla. "Todas las acciones del ser humano se derivan del amor, en todas ellas se le puede encontrar y percibir. El amor crea y destruye, da vida y quita vida; es un ser y no ser a la vez, vida y muerte en una vida”. Estas palabras del filósofo Ludwig Andreas Feuerbach expresan con precisión el ideal romántico y, con mayor precisión aún, el wagneriano. La vida y obra de Wagner discurrió de manera tan extrema como su obra, entre deudas, infidelidades matrimoniales, revoluciones, excesos de todo tipo y una obsesión recurrente por las leyendas y mitos europeos.
Cuando Wagner llegó a Munich en marzo de 1863 escapando de la ruina económica que le perseguía en Viena y vio en un escaparate un retrato del joven rey Luis II de Baviera, poco podía suponer el compositor que su música, sus temas y sus pasiones encontrarían resonancia en la alma del apuesto joven que contemplaba, un espíritu con menos talento que el del músico, pero con un nivel de obsesión que traspasó el límite de la cordura. De la inspiración mutua que se ejercieron ambas personalidades nacería lo que, en poco tiempo, se convertiría en uno de los destinos turísticos más famosos del mundo, un paradigma de belleza romántica inserta en un paisaje de leyenda que ha dado la vuelta al mundo en forma de incontables posters, cuadros, documentales, calendarios e ilustraciones. La historia de Neuschwanstein comienza en la aldea de Schwangau, o mejor dicho, en su castillo, Hohenschwangau. Lo separan del que sería el emplazamiento de Neuschwanstein una corta distancia y unos solitarios y tristes recuerdos de infancia. Luis nació en 1845, príncipe heredero de Maximiliano y su esposa prusiana, Marie. Ella, una devota alpinista con escaso interés en criar hijos y él un biólogo que sabía mucho de ciencia pero muy poco de educar a un rey. El control y la disciplina que ejercían sobre Luis sus tutores era paralelo al desapego de su padre, incapaz de llegar al corazón de su hijo. Su madre había alejado a sus compañeros de juegos, de educación inferior.
El joven príncipe creció solo, inmerso los brillantes veranos bávaros en el esplendor del castillo. Desde los primeros días en Hohenschwangau, la mente sedienta de Luis se impregnó de fantasía romántica. El castillo había sido construido por los caballeros de Schwangau, heroicos guerreros que desaparecieron en el siglo XVI y cuyas antiguas hazañas llenaban el vacío mundo de Luis. Las fantasías de Luis ya habían comenzado a manifestarse en su infancia. A temprana edad gustaba de disfrazarse y actuar en sus propias obras. Según Luis I, su abuelo, a los seis años construía “prodigiosos edificios” de juguete, una inocente indicación de lo que habría de venir. En su adolescencia, el príncipe encontró consuelo para su exaltado idealismo y su prematura nostalgia en la literatura de autores románticos, como Von Schiller o largos paseos a caballo por el campo. El gusto por el romanticismo no era exclusivo de Luis porque su padre Maximiliano prefirió encargar los planos de la “restauración” del castillo -que había comprado a la antigua familia propietaria en 1833- a un escenógrafo antes que a un arquitecto.
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