El paisaje de Namibia
 

El paisaje más allá de las ventanillas del camión en el que viajábamos oscilaba entre lo monótono y lo extraordinario. Las amplias y resecas llanuras cubiertas de rala hierba amarillenta llegaban a saturar nuestra atención, pero pronto comenzaron a aparecer montañas, o, para ser más precisos, grandes colinas rocosas por las que el camión ascendía resoplando en primera. Los pasos elevados proporcionaban una magnífica visión del extenso y desolado entorno. Juegos de luz y sombra caracoleaban entre los intersticios e irregularidades de las grandes rocas. Estas inhóspitas tierras, que parecen desiertas y abandonadas por los dioses y los hombres, han sido, no obstante, objeto de deseo por estos últimos. Y eso sólo ha ocasionado, como de costumbre, desgracias para quien aquí habita.  Guerrillas, incursiones, matanzas, inseguridad, miedo, tensiones y odios encarnizados causaron y fueron causados por más de dos décadas de conflicto con Sudáfrica, que se negaba a desprenderse de un territorio rico en minerales oponiéndose al mandato internacional que así se lo ordenaba. Al final, en 1988 comenzaron las conversaciones multilaterales que llevarían a la promulgación de una constitución en febrero de 1990 y a la independencia definitiva un mes más tarde. Teniendo en cuenta el turbulento pasado del país a lo largo de los últimos veinticinco años, su trayectoria en los siguientes dieciocho ha sido francamente buena, con ausencia de conflictos y un crecimiento continuado y equilibrado.  Pese a sus antiguas inclinaciones marxistas, el SWAPO -que empezó como una guerrilla nacionalista de izquierdas para ascender a fuerza gobernante- no ha resultado ser un partido radical o sectario. Su visión es pragmática en cuanto a la economía doméstica y las relaciones internacionales y ha llevado a cabo una política de reconciliación nacional.

En la actualidad, Namibia no es considerado por las Naciones Unidas como un país pobre o subdesarrollado, sino que se considera como una nación de desarrollo medio. Pero aunque su situación es indudablemente mejor que la de otros estados de su entorno, las cifras esconden una gran disparidad de la que no están exentas las tensiones entre razas y tribus. Así, aunque el PIB per cápita asciende a 7.400 dólares americanos (muy alto para el estándar africano) existen profundas desigualdades entre los diversos grupos de población: el 5% de los habitantes controlan el 72% de la economía. El país cuenta con mano de obra cualificada y una clase media competente, pero la mayor parte de los habitantes son muy pobres. Hasta tal punto llegan las disparidades que el 50% de los namibios viven por debajo del umbral de pobreza. (Lo que no quiere decir que exista hambre. Aunque carecen de lo que en nuestras sociedades occidentales consideramos como básico, desarrollan una economía de subsistencia ajena a la economía monetaria, en la que el cultivo y el ganado proporcionan la mayor parte del propio sustento.).  El 55% de la población viven con dos dólares al día. En términos físicos, es un país rico: sus yacimientos mineros son los cuartos mayores de África; sus caladeros se cuentan también entre los más ricos del mundo y el sector turístico ha experimentado un crecimiento continuado. Una riqueza que no es necesario repartir entre una población numerosa (dos millones de habitantes en una superficie 1,5 veces superior a la española). Esperemos que Namibia se consolide como un país pionero en la salida del caos en el que parece sumido el continente.                                                                                                                      

Fuente:http://www.viamedius.com