Santiago de Compostela
 

Luego, me costaría saber qué tipo de monja quería ser. Y ahí empezó el descarte; no quería vivir rezando, comiendo y tomando, por lo que la clausura no sería mi modo de vida. Tampoco quería acumular dinero generando colegios – que se convierten en empresas-; yo quería estar en la calle, vivir en una casa y trabajar. Por eso es que soy una monja consagrada; vivo en comunidad, trabajo, me divierto y ayudo. Y también soy feliz. Y muchas veces me pregunté si había hecho lo correcto, y siempre volví a Santiago de Compostela, y logré salir de mi crisis. Por algo sería.

Todavía no me estaba acostumbrando a la diferencia horaria y ya el tren había llegado. Había reservado una habitación en la zona vieja de la ciudad; ese sitio iba más conmigo, la otra opción, escoger un cuarto en una cadena hotelera más moderna, no se acomodaba a mi estilo.

Antes de cumplimentar la visita a los conventos me había propuesto hacer el camino de Compostela. Entre las opciones había elegido el camino primitivo. Transitaría por Oviedo, Tineo, Grandas, Lugo y Palas de Reis. Creía que podía ser una excursión formidable. Yo siempre había tenido paz, pero pensaba que aquel trayecto me serviría para acumular más dosis de aquel estado.

La paz me acompañaba desde aquel momento en que pisé el Convento de Carmen junto a mi madre. Puedo decir que desde ese día ya nada volvió a perturbarme. No si en ese momento algún trance me estaría afectando, pero lo cierto es que yo decidí que en mi vida tendría paz. Sí, ocho años pude tomar esa determinación.

El camino me trajo grandes satisfacciones. Como tengo vocación de coordinadora – suelo hacer esa tarea durante los retiros –, terminé por transitar un buen tramo, haciendo las veces de guía de un buen grupo de jóvenes. Por eso es que elegí ser monja consagrada, porque me permite reírme y contactarme con la gente.

Días más tarde, me atrajo la idea de visitar los conventos de clausura, sólo para refrescar el motivo que me llevó a evadir ese camino. Y así fue. Recorrí el Convento de Mercedarias, de Dominicas y el Convento de Clarisa. Sólo los recintos públicos que se pueden recorrer. Y si bien me sentí a gusto y abrazada por el sitio, no creí que ese fuera a ser mi lugar. Me presenté ante una hermana y casi que ni habló. Entonces me fui… a la calle. Yo podía salir y viajar, y ella no. Tal vez por eso yo era más feliz que ella. Va, eso creo.

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